En San Fernando tenemos que crecer sin perder identidad
Por: Agustina Ciarletta, dirigente.
Es innegable que en los últimos años San Fernando sumó importantes emprendimientos inmobiliarios. En principio parecería ser una buena noticia. Pero una pregunta empieza a aparecer en conversaciones cotidianas: ¿a qué costo?.
Las ciudades costeras como San Fernando tienen una identidad marcada. Quien la habita siente orgullo por su entorno, sus calles, esquinas, su gente. Ese encanto de “pueblo” empieza a quedar escondido bajo la sombra de enormes proyectos de construcción.
Tenemos que analizar el “cómo” de ese crecimiento y evaluar el impacto que el mismo deja en la vida de los vecinos, en el paisaje y en la identidad sanfernandina. Se requiere de una planificación integral, que permitiendo emprendimientos, no olvide que hay que ordenar el tránsito, el estacionamiento, la conectividad, para evitar un desarrollo desigual y negativo en el municipio. San Fernando tiene historia, con vida de barrio, con río, con Delta. No es una ciudad más. Y justamente por eso, no puede crecer de cualquier manera.

Aparece un debate lógico: ¿más edificios significan más progreso? ¿O llega un punto donde ese crecimiento empieza a poner en riesgo lo que valoramos? No se trata de frenar el desarrollo sino de ordenarlo.
Todos queremos más plazas, más iluminación, más espacios para disfrutar. Y está bien quererlos: son obras que mejoran la vida cotidiana y se ven. Pero hay otro tipo de obras que no salen en la foto y que sin embargo son igual de importantes: las cloacas, las redes de agua, los desagües pluviales.
Cuando la infraestructura no acompaña el crecimiento, el problema aparece solo: un día abrís la canilla y el agua no tiene presión. Eso no es un problema aislado, sino la consecuencia de no haber planificado a tiempo.
Crecer implica más que construir: implica más servicios, más espacio público, más infraestructura. Implica evaluar dónde sí y dónde no. Planificar donde se desarrolla la industria, el comercio, el disfrute y dónde las viviendas. ¿Hasta cuándo vamos a sostener fábricas, aserraderos y químicas entre casas y edificios?. Por eso, el desafío no es solamente técnico. Es profundamente ético, político y ciudadano.
Necesitamos una gestión que a través de un nuevo acuerdo urbano, busque el orden y la eficiencia como metas principales. Los planes que no contemplan la mirada del vecino y la actualización de la infraestructura terminan generando caos vial, falta de servicios y una ciudad que crece de manera desigual.
Buscamos un acuerdo claro que dé previsibilidad y genere confianza, tanto para los vecinos como para quienes invierten en la ciudad.
Y hay algo más: en San Fernando no podemos pensar el desarrollo sin cuidar el ambiente. Nuestro vínculo con el río y el Delta no es decorativo. Es parte de nuestra identidad y de nuestro futuro.
La discusión de fondo es simple, aunque incómoda: ¿queremos una ciudad que crezca sin planificación o una ciudad que crezca mejor? ¿Estamos pensando en el San Fernando del 2050 en el que muchos de nosotros vamos a vivir?
Porque a veces, como en la vida, menos es más. Y crecer mejor no significa hacer menos, sino hacer con sentido. San Fernando está en el momento justo para elegir qué camino tomar.
San Fernando tiene todo para ser una ciudad modelo: ubicación estratégica, identidad, comunidad y potencial. Lo que falta es la decisión colectiva sobre hacia dónde queremos ir, y una gestión que acompañe y defienda ese rumbo.














