Miércoles, 24 de Diciembre de 2014

El peligroso encanto de la impunidad

Por: JESúS CARIGLINO

"Ganar" una década perdiendo valores no parece ser la mejor ecuación.  Principios éticos que creíamos incuestionables hoy están siendo desvalorizados o, si se quiere, revalorizados de forma negativa, en beneficio de otras alternativas, donde el trabajo, el estudio y la justa compensación por el mismo parecen metas distantes para los jóvenes en formación. ¿Cuál es el incipiente resultado de esta fórmula? La honestidad y el respeto a la sociedad se convirtieron en paradigmas poco redituables. Así es, estimado lector. El Modelo nos presenta una nueva y atractiva salida laboral: delinquir.

 

Hace unos días nos informaron al pasar, entre toses y silbidos, como si fuese un anuncio que no afecta el ordenamiento social en lo más mínimo, la siguiente resolución: “La Justicia ordenó equiparar los derechos laborales de los presos en el mismo rango que los de una persona libre”, según un fallo ordenado por la Cámara Federal de Casación Penal.

 

Más de una década de “Vamos por todo” trajo como consecuencia que la línea que divide lo moralmente reprochable, de lo tolerable dentro de una sociedad, se está volviendo cada vez más delgada. Amparados en consignas vacías, los supuestos militantes del amor nos despojan de los derechos más básicos y de una sensación que todo pueblo necesita para crecer: la justicia prevalecerá. Veo difícil que esto suceda si se sigue persiguiendo a jueces y fiscales que no se dejan seducir por caprichos partidarios.

 

En Argentina, el salario de un preso que está dentro de las condiciones del sistema carcelario es de aproximadamente $4.400, más los beneficios obtenidos (ART, aguinaldo, vacaciones, llamadas ilimitadas, entre otras). Y cada preso nos cuesta a todos los trabajadores y jubilados… a todos los argentinos $30.000 mensuales. Pero con las comodidades que les otorgaron recientemente, la delincuencia no parece una opción descabellada y no se ve tan mal ante los ojos de quien debe decidir si levantarse a las cinco de la mañana para viajar a trabajar o subirse a una moto y asaltar turistas a punta de pistola. Considerando, en suma, que la jubilación mínima jamás se acercó a estos números.

 

Algunos de los primeros alcanzados por este beneficio fueron un grupo de presos VIP del penal de Ezeiza. ¿Qué me diría si su padre, o su abuelo, que trabajó toda su vida para brindarle a usted las mejores oportunidades de desarrollo, hoy perciben un monto menor que una persona que está detenida por asesinato, violación, robo, corrupción o narcotráfico?

 

Poner los derechos laborales de los presos al mismo nivel que los derechos de un trabajador. Ahí está el eje principal del debate. Especialmente si contemplamos que en un año más de 100 mil personas (según cifras oficiales) perdieron su trabajo, aumentó la tasa de precarización laboral y el empleo en negro. ¿Por qué la sociedad debe pagarle al recluso cuando es él quien está en deuda con todos nosotros?

 

¿Este es el país que queremos? ¿Una Argentina de tratamiento desigual, de Derechos Humanos para algunos y de décadas ganadas para pocos? Por lo menos yo no, y creo que la mayoría de los argentinos tampoco. Depende de nosotros que esto no suceda.

 

Feliz navidad para todos los trabajadores y jubilados de nuestro país, que se esfuerzan por creer en un futuro mejor.

 

 

JESÚS CARIGLINO Intendente de Malvinas Argentinas

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